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Una historia de vida detrás del maratón de Nueva York

Martín Kremenchuzky corrió los 42 kilómetros en menos de cuatro horas, pero su verdadero logro es haberlo conseguido a pesar de sufrir síndrome de Usher.

En Nueva York. Martín, junto a sus tres guías y a su hijo Tomás

En Nueva York. Martín, junto a sus tres guías y a su hijo Tomás

A Martín Kremenchuzky no lo detiene nada y, como dice en su sitio web, parece estar corriendo detrás de un sueño. A sus 43 años, Martín padece el síndrome de Usher, una enfermedad que le provocó hipoacusia, falta de equilibrio y que hace seis años lo hizo perder la visión. Pero Martín corre por sueños y lo hace muy bien: es maratonista y tiene más de 220 competencias, muchas de ellas con podios y que van dejando un mensaje de superación tras cada paso. Para este 2016, además participar del Iron Man de Nordelta y de la media maratón de Río de Janeiro, se propuso correr la maratón de Nueva York, la carrera más reconocida a nivel mundial (forma parte de los seis Majors junto con Londres, Berlín, Chicago, Tokio y Boston) y en la que participaron más de 80 mil personas en la última edición. Hubo cientos de argentinos, aunque ninguno con su historia.

“En Nueva York había estado hacía 24 años, cuando todavía veía…para mi es el maratón más importante del mundo, todos me hablaban y por eso me propuse hacerlo”, le cuenta Martín a Clarín en un encuentro que se dio minutos después de haber recibido un reconocimiento de parte del Bind Banco Industrial, el sponsor que lo apoya en el marco de las acciones de Responsabilidad Social Empresaria que el Bind lleva a cabo en diferentes áreas: deportes, educación, social, entre otros.

Martín agradece cada palabra que le recuerda que es un luchador, pero él no quiere correrse de lo suyo: el deporte. Por eso cuenta cómo vivió el maratón: “Cerca de la fecha del viaje a Nueva York tuve una tendinitis que me afectó en el tendón de Aquiles y que no me dejó trotar, aunque podía nadar para mantenerme activo y fortalecer la zona afectada. Recién a cuatro días pude completar 10k muy lentos y terminé cansado. Viajé con dudas sobre lo que podía llegar a hacer. Muchos me decían que con 7 maratones, 25 medio maratones, un Iron Man el cuerpo iba a tener memoria. Yo tenía mis dudas, así que dije ´largo y veo qué pasa´. El primer objetivo era llegar. El segundo era llegar sin caminar y el tercero tratar de bajar las 4 horas, que era un objetivo ambicioso considerando mi estado”. La charla se interrumpe con cada persona que se acerca a saludarlo, a felicitarlo y a recordarle que la suya es una historia inspiradora.

El viaje a Nueva York fue especial. Lo acompañaron su hijo Tomás y su pareja, Diana; también se incorporó una escritora que está trabajando en un libro sobre su historia y que se anotó como voluntaria para seguirlo de cerca. Además, Martín fue con su guía habitual, Hernán, aunque la organización le sumó otras dos personas. “Uno fue el español César Villalba y el otro fue un canadiense, Michael, que vino desde Toronto especialmente para la carrera. Lo diferente de otras veces fue que a mi me largaron en el medio del pelotón, ni adelante ni atrás. Fui uno más en la largada, con un guía que me llevaba la cuerda, otro que iba abriendo camino y el otro que me iba asistiendo. Ellos vinieron a guiar supuestamente a uno de los ciegos más rápidos. Imaginate si les decía que estaba lesionado, no sabía de qué disfrazarme, je”, cuenta entre risas. Pero hubo dos momentos que marcaron su experiencia. Uno se dio al comienzo: “Antes de la largada sentí una magia especial. Porque fue en el puente de Brooklyn y pusieron el tema ‘New York, New York’ de Sinatra, así que era un león enjaulado que quería salir lo más rápido posible; me invadió la adrenalina y me llené de confianza”.

Martín mano a mano con Clarín

Martín mano a mano con Clarín

El otro momento sublime fue la llegada: “El aliento de la gente fue increíble, yo estoy un poco más acostumbrado a eso, porque siempre a las personas con discapacidad nos alientan mucho, pero César el español no lo podía creer. Todos me hablaban de los puentes de Nueva York (la maratón atraviesa cinco en su extensión) pero mi ventaja es que no veo nada, así que no me distraje nunca (risas). No me interesaba saber el tiempo, pero en el kilómetro 30 por primera vez le pregunte a los guías cómo lo llevábamos. Me dijeron que estábamos mucho más rápido de lo planificado y ahí tuve que decidir: o me exigía para bajar todavía más mi tiempo o bajaba y me aseguraba llegar entero. Y la verdad es que por cinco minutos no iba a arriesgar a perderme lo que resta del año. Al final fueron 3h59m y fue una llegada muy complicada, porque con el frío (hicieron diez grados) y lo mojado que estaba de golpe empecé a marearme. Me acosté en el piso y ahí apareció mi hijo Tomás. Entonces me levanté, no iba a dejar que me viera agotado en el piso. Fue un orgullo para mi que él haya estado ahí y creo que me dio el abrazo más lindo de mi vida”.

Martín es consciente de lo que transmite. Por eso brinda charlas en todas partes del mundo, aunque no esconde nada. “Yo genero un montón de cosas a mi alrededor que no me entero pero necesito que alguien me las diga, porque hay algo que me está faltando”, expresa sin complejos. Es que no los tiene. Ríe, se emociona, se enoja, insulta. También bromea: “En la carrera hubo ciegos de todo el mundo. Había rusos, noruegos, peruanos, colombianos… y hasta hoy (la carrera se corrió hace diez días) no sé qué posición tuve. No había categoría de ciegos ni disminuidos visuales, así que te clasificaban en la general. Con todos los ciegos que hablé de antemano todos iban a tardar más de 4 horas en llegar, así que creo que hice podio. Hasta ahora estoy tratando de averiguar, porque si llegué a salir primero no me aguanta nadie, ja”.

Superación constante sin posibilidad de detenerse pese a que su enfermedad continúa. Pero a Martín no parecen importarles las barreras: “Hay algo que me pasó este año que fue raro. Yo hasta 2015 ganaba casi todas las competencias sin despeinarme. Este año estuve el Iron Man 70.3 de Nordelta en el que nos dimos un palo tremendo pero igual lo terminé. Ahí la gente, a pesar de eso, me valoró que haya seguido. En el medio maratón de Río, no sé qué estaba mirando mi guía, justo él que puede ver no lo vio, y me llevé puesto una valla, je. Sentí dolor, faltaban 4 kilómetros, y lo terminé. Y en esta de Nueva York, lo de la lesión. El hecho de que me aparezcan más obstáculos hace que los disfrute más”. Vaya mensaje.

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